lunes, 29 de septiembre de 2008

PARTE 2: LA CHICA DEL TRAJE DE COCA COLA.

Cuando era niño tenía la sensación de que mi niñez duraría mil años. No era que el tiempo corriese lento al ritmo de la provincia, sino que simplemente la maravilla de ver las cosas por primera vez, hacia que vivir cada día fuera una experiencia nueva, es esa capacidad de maravillarse frente a la vida lo que pierdes con los años y hace que por momentos cada día sea igual al anterior. Nuevo era el juego de tenis cuando aprendí a sacar un punto en el primer saque justo tras la línea de red y junto al borde externo de “la cancha” compuesta por los cuatro cuadros de la calle, o cuando pasábamos tardes enteras intentando andar en rana surf, o cuando nos sorprendíamos junto a mis amigos al ver como las flores rojas del frondoso arbusto que estaba justo al oriente de la plaza, se cerraba cuando tocabas sus estambres.

PARTE 2: LA CHICA DEL TRAJE DE COCA COLA.

A comienzos de los ochenta podía pasar la mañana viendo mazapán, y por la noche Sabor Latino. Era el tiempo de esa edad impropia en que pareces estar apto para nada, muy grande para ver mazapán y muy pequeño para ver Sabor Latino, lo cierto es que recuerdo con nostalgia, claridad y cariño tanto las canciones animadas con monitos y figuritas de mazapán, el tierno “Remolino de papel” de colores verde gris, con niñitos en ronda y todo, como al giro de Maripepa quién muy de mano a un disminuido y ajustado peto, dio la espalda a los telespectadores para con un pasito de baile en marcha, saludar con su redonda colita a todo el país.
Con mis amigos pasaba el mismo cuento, éramos los más pequeños de cuatro generaciones de niños y jóvenes, lo que hacia que diversas actividades fueran para nosotros excluyentes. A pesar de ello, uno de los chicos de la segunda generación de niños amigo de mi hermano mayor, cumplía quince años. Al encontrarse conmigo en la calle me pasó una invitación para su fiesta, pero para que se la entregará a mi hermano. Como gozaba de su simpatía me invito a mi también aun cuando no estaba incluido en la tarjeta, pero como siempre yo no andaba solo aquél día y tras los gritos e insistencias de mis amigos decidió invitar a todos.
Esa fiesta fue una de los mayores acontecimientos sociales de aquellos años en que las reuniones no estaban bien vistas. De este modo mis amigos y yo nos encontramos en la casa del quinceañero en un grupo tan grande como variado de chicos y chicas de distintas edades, impecables muy bien peinados, pinteados y perfumados. La recepción se efectuó en el patio de la casa que siempre sentí que era como estar en un gimnasio, con las baldosas rojas, el techo alto y ese aire siempre impecable e iluminado. En la boca de un pasillo que llevaba a unas oficinas justo en medio del patio de la casa, se ubicaba un señor con cara de aburrido quién con una mesa de colegio al frente y una pared de jabas de bebidas analcohólicas detrás tenía la tediosa tarea de destapar bebidas al pedido de cada chico o chica que se acercara a su mesa.
Frente a este señor cruzando al patio embaldosado hacia la casa en un comedor cerrado bajo cuatro llaves, aguardaba un banquete que aún se preparaba sobre unas mesas largas y anchas de manteles largos. Bandejas con rumas de trutros de pollo asado, pasteles dulces, pequeños sándwiches, papas fritas, quesos, aceitunas, salsas, todo tipo de suflés de esos que invadieron los ochenta para nunca más gozar de tanta popularidad, más un sinnúmero de cosillas deliciosas nos aguardaba. Que no se note pobreza era la consigna.
Mis amigos y yo tomábamos unas Fantas pegados a las ventanas del salón devorando con los ojos todo y cada uno de los manjares que repletaban las mesas, diseñábamos planes de ataque para acabar con todo aquello en especial las trutros de pollo asado. Mientras observábamos nuestro botín, el hermano menor del festejado aguó nuestras intenciones efectuando un ataque en solitario sobre la mesa, el cual fue repelido por tres gordas comadronas que lo tomaron del cinturón y los brazos, lo lanzaron fuera del salón, para luego organizar grupos que mantenían una férrea vigilancia sobre las mesas.
Conforme se fue realizando la fiesta mientras nuestras energías se centraban en hacer bandos para lanzarles cuescos de aceitunas a los comensales algo fue ocurriendo, uno de nuestros amigos se perdió del grupo, al notar su falta fui en su búsqueda con el temor de que este fuera presa de alguien que era lo que a él le solía suceder. Al pasar por la cocina me encontré con la figura inconfundible de sus orejas de radar, estaba “el pelaó” de pie apoyado en el marco de la puerta, me acerque en silencio lo tomé por la espalda y rodeándole firmemente el cuello con mi brazo, pregunté ¿Qué haces? Y estirando el labio inferior me apunto una chiquilla sobre la cual llegaba la luz que entraba por la ventana desde el patio. La chiquilla de una melena más bien larga, de pelo castaño claro, pecas varias sobre la nariz, cejas marcadas y piel rosada, vestía un coqueto traje blanco, de cuello polo y una faldita con algunos detalles de tela color rojo, con una insignia de coca-cola bordada en el bolsillo de la polera, era como una pequeñita e insipiente promotora detenida y solitaria allí en medio de una fiesta en que para todos era una niñita desconocida.
Recuerdo que como primera impresión me gustaron sus piernas, por aquel tiempo nuestras amiguitas vestían unos ridículos vestidos de niñita con cintitas y vuelitos, parecían lámparas de vieja con dos patas chuecas de tan flacas. Esta niñita era especial sin duda, no vestía como “niñita”, pero en fin tenía un montón de cuescos en el bolsillo y mis amigos corrían por el patio. Trate de arrastrar al pelaó a la acción pero nada paso, “déjame acá” arremetió resuelto contra mi insistencia. Esta bien - dije, le di un coscorrón en la cabeza y no volví a insistir.
Di unas vueltas con mis amigos y tras un rato de agotar a uno que otro invitado y recibir una que otra patada bien puesta, nos encontrábamos sentados sobre una mesa jadeantes y absortos observando al pelado que bailaba y conversaba animadamente con la chica del traje de coca-cola. No nos miraba, ni invitaba, a pesar de los cuescos que le aventábamos. Algo sucedió. Por primera vez en mucho tiempo estábamos sin expresión y en silencio observando a nuestro amigo que tenía algo que se negaba a compartir. Nosotros éramos uno, teníamos un pacto a fuego, no teníamos secretos ni excepciones con ninguno, podíamos ser crueles y no teníamos remordimientos hasta que se nos pasaba la mano y recibíamos un castigo en prenda. De algún modo nuestro amigo estaba dando un paso hacia un lugar en donde nosotros no éramos bienvenidos. Algo andaba mal y se debía solucionar.
Fue así como al correr unos pocos días, surgió el rumor de que el pelaó andaba con la chica del traje de Coca-cola. Fuimos en su búsqueda para aguarle la fiesta. Claro esta, y por su puesto dimos con él. En la plaza, en la banca de los enamorados estaba él, la italianita (la chica del traje de coca-cola) junto la bella Meiling y Tomás.
Nuestra intención era llegar ahí y hacer cualquier estupidez con tal de molestar al pobre pelaó, y así lo hicimos, pero junto con ello comencé a entender. Algo nuevo empezó a surgir para mí en medio de todas nuestras disparatadas burlas y no era un juego, aún cuando pretendiera que así debía parecer delante de mis amigos. Tras un par de segundos en que me detuve a observar los brillantes ojitos de la italianita, terminó por apropiarse de mí esa sensación, ese dejo de egoísmo, esa emoción que te transforma en un déspota, en un pequeño tirano, y comprendí entonces: “la chica del traje de coca-cola debía estar junto a mí”.
Continuará…

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