1993
lo que en el fondo
quiero
es que se muera.
para enterrarla en mí.
para ser su ataúd.
Para llevarla siempre
Dentro de mí.
Claudio Bertoni
Jóvenes Buenas Mozas
PARTE 3: “ITALIANITA”, LA CHICA DEL TRAJE DE COCA-COLA.
Es primavera, la radiante y fresca primavera nortina. Una suave brisa peina el discreto verdor que acompaña acá y allá mi largo y solitario camino a casa al regresar del colegio.
Pasando el puente que divide la ciudad en dos se puede ver el mar, azul, brillante, calmo, tan hermoso como la vida, tan profundo, basto y misterioso como las emociones que habitan bajo mi corbata azul, bajo mi camisa celeste, bajo mi piel aun suave y limpia, bajo la pelusa de mi bigote afeitado una semana atrás.
Después de almorzar me cambio ropa rápidamente para luego de abrochar mis zapatillas, echar un imprescindible miti-miti fresa-crema en mi bolsillo y tras pasar un desmedido chorro de perfume por mis orejas, salir rajando a la placita en busca de la italianita.
Al llegar a la placita me encuentro con el Angelito, que es un verdadero demonio. A él le debo gran parte de las zurras y terrores que pasamos en manos de algunos que administraron justicia a su modo producto de sus infinitas ocurrencias. El Angelito esta acompañado del Griego, sólo falta Andrés que siempre esta estudiando. ¡Ya! vamos por las zorras – dice Ángel, y sin demora nos dirigimos rápidamente a la casa oscura de la cata. Llegamos allá y las pesadas cortinas azules están cerradas, el ventanal medio abierto y la música de Bonnie Tyler que parece saltar, se alza y se baja, se alza y se baja. Pasamos unos minutos fuera y tras darnos cuenta que saben que estamos allí pero no salen a vernos, enviamos al Griego que nunca dice nada a que golpeé. El griego luego de pararse tras la puerta y golpear es raptado, tragado por misteriosos brazos angelicales a la casa oscura. Tras unos minutos es lanzado fuera desde el ventanal con las orejas rojas y el pelo revuelto. Me entero que la italianita no esta, le tocó quedarse en casa cuidando a su hermanito.
Siempre fue así, las tardes con la italianita siempre fueron con su hermanito, tenía que llevar a algún amiguito comprado con chicles, para poder estar con ella.
Me gustaba como miraba por sobre mi hombro con la nariz levantada para cerciorarse de que “el pochito” no nos estaba viendo. Adoraba sus pecas sobre la nariz, el tono blanco de su piel, su boca pequeña y rozada, y los besos con sabor a miti-miti fresa-crema. Nunca se lo dije claro esta, ya que esto era un juego, un divertido juego de besos y caricias exploratorias de niño y mis emociones eran aun algo confusas. Además, el juego lo jugábamos todos. “Todos-todos”. Podíamos cambiar de pareja y probar los besitos de las otras chiquillas, total eran tiernos besitos, con sabor a menta, chocolate, tuti-fruti, media hora, alka, etc., etc. Podríamos sin ningún inconveniente, haber dado muerte en masa con una exhibición de besos y cambiaditas a las viejitas de “Eccema Chile”.
Pero a pesar de jugar, de todos modos existía un orden en donde sabíamos cual chica era de quién (éramos unos huevones muy machistas), y respetábamos el curso natural en que las relaciones se daban. Fue bajo esta dinámica así tan “natural” de la cual la Italianita se aburrió y quiso formalizar. Yo me negué aduciendo de que así estábamos bien y que todo este embrollo de besitos y caricias era un juego secreto. Ningún chico pololeaba porque éramos muy niños y como niños no estábamos para andar por ahí como grandes. “Nuestros padres no lo tolerarían, no señor”- argumente. Pues bien esa me salió cara, porque una veraniega tarde en que regresaba del colegio, me tuve que ocultar tras los frondosos helechos que crecían a la sombra del jardín de mi casa al ver a mi linda italianita conversar animadamente con mi mamá respecto a nuestro idilio y la natural necesidad de formalizar nuestra relación permitiendo con la venia de ella mediante, como suegra reconocida in situ, nuestro pololeo a esa altura clandestino. Casi me cagué.
Después de la escena de esta chica que hacia lo que se le venía en gana, creo que termine por aceptar quién era el más pillo entre los dos y opte por dejarla ser, pero igual como machote de medio metro me permitía de vez en cuando manejar un poco la situación para darle algo de chispa al asunto.
Una tarde en que amenazó con terminar indefinidamente nuestro romance, no más besos fresa-crema ni nada, contraataque con que le contaría a su madre de que no sólo se besaba conmigo en nuestras jugarretas sino que también con mis amigos. Desesperada me pidió que no lo hiciera que era un chantajista y que se yo que más, y accedió para luego retractarse. Pero no va a ser tan fácil- agregue- le tendrás que dar un beso a todos mis amigos. Así fue como uno tras otro, cada pequeño rufián se puso a la fila para besar a la italianita. Todo iva bien hasta que luego de haber desaparecido un momento a comprar unas media hora, la fila de chicos había aumentado tanto que noté que la pobre chiquilla estaba tan confundida en medio de un montón de chicos desconocidos que la tuve que sacar de ahí no sin ganarme una escandalosa y acalorada discusión que me tomo algo mas de un par de días en componer.
No fui del todo correcto con la italianita, eso es muy cierto, pero la amé como se ama cuando se ama. Eso que no sabes que es pero que sin duda alguna está y le da sentido a todo.
Pero tal cual como todo en la vida un día incierto nos dejamos de ver. La niña de ese rápido andar se fue a vivir a otro lado de la ciudad. La seguí viendo un par de veces más, pero luego de batalladas idas en bicicleta cruzando el puerto, y tras un par de veces de no encontrarla y alguna que otra discusión que nunca falto a causa de nuestra apasionada inexperiencia y nuestra particular forma de ser, dejamos de vernos indefinidamente.
Algunos meses más después bajo una gris tarde de invierno en que nos divertíamos a risotadas con nuestros amigos tirados en el fragante pasto de la placita, casi como por magia, parada en la esquina de la calle los claveles, vestidita toda de blanco, con su melena castaño casi larga, su adorable piel blanca, sus deliciosas pecas sobre la nariz y su boca rosada, apareció mi querida italianita para iluminar la tarde y mi pequeño y silenciado corazón. La marce se va a Italia – me dijo al oído una amiguita que era alumna en su mismo colegio. No sé cuanto pude estirar esos segundos en que la italianita estuvo parada en la esquina observándome mientras al oído recibía la noticia de que ese preciso minuto, ese instante trémulo y final, pasaría a ser la última ves en que la volvería a ver, y quedaría esa imagen de ella para siempre grabada en mí.
La chica del traje de coca-cola, mi dulce italianita, esa tarde vestida de blanco, tal como apareció se fue huyendo despavorida hacia el fondo de la calle al encontrarse con quién salió a buscar y no espero encontrar tan repentinamente. Se fue tal ves confundida y sin decir adiós. Tal ves triste y sin dejar dirección.
jueves, 23 de octubre de 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
