El lugar en donde crecí en los ochenta era una pequeña villa, la Villa las Flores, con tan solo seis calles y su placita muy bien cuidada, que era como una isla alejada de la ciudad. Limitábamos hacia el Sur y el Este con algunas parcelas de escaso cultivo, hacia el Oeste un pequeño y hermoso conjunto de casas estilo americano con amplios jardines ninguno enrejado todo abierto y libre, a nuestros pies la entonces "nuestra playa" de La Herradura. Estábamos en esa aldea conectados al mundo tan sólo por el televisor, un mundo filtrado por cierto. El Festival de la Una, El Japenning con Ja, La maratón de Sábados Gigantes, Magnetoscopio Musical, Los Titanes del Ring, a moco tendido con Remi y Heidi, El Samurai Fugitivo, Jet Marte, etc., etc., la plaza era el lugar para hacer todo el resto de actividades que no hacíamos en casa.
En la placita, planté un árbol, jugué a la pelota con amigos y enemigos, di mi primer beso, vi un ovni, conocí la cara amable de las personas que te quieren y el lado duro de aquellos que por razones inencontrables e irreconciliables entregan su odio.
Parte 1: El Héroe.Los héroes son cotidianos, eso lo descubrí en la placita. El matón de turno era "lalo Z", un chico tres o cuatro años mayor que yo, el disfrutaba torturando a todo ser que para él estuviera en desventaja. Del tierno "lalito" recibí un disparo de postón con un rifle de largo alcance en el muslo izquierdo a una distancia de unos 15 metros, distancia que aminoró el golpe y que gracias a Dios y a la maravilla de la genética de mis tiernos y duros muslos de infante (tenía 9 años), no permitieron que el postón entrara haciéndolo rebotar para luego quedar incrustado en la reja de madera en que me encontraba apoyado...tierno el Lalito, dulce.
Bueno el día del héroe, más bien la tarde del héroe, fue una calurosa tarde de Enero en que esperábamos sentados a la sombra que daba en la banca roja frente al pasaje los claveles, que algún papá en vacaciones y de buen corazón nos llevara a Andrés, Pato, fito, tito y yo, a la playa de Totoralillo, eran los ochenta los turistas eran escasos, por lo cual no era un problema llevar una manada de chicos a la playa. Junto a la brisa de la tarde llego Lalo Z, con sus ojos redondos, su riza de hiena, chupando un helado de bolsa, no se cómo pero siempre o chupaba un helado de bolsa o cargaba una marraqueta pelada debajo del ala y disfrutaba plenamente de ambas cosas. En fin, semilla de maldad se acercó sorbeteando su radioactivo helado rojo, su sola presencia corto nuestra conversación para dar comienzo a algún monólogo vacío, que ya a estas alturas no recuerdo. Se tomo un tiempo para estudiar a las víctimas que en ese momento nos encontrábamos sentados en la banca, y eligió a Andrés, quien sabe porque, tal vez las manchas de helado en su polera ajustada ochentera decían que tenía que talar por aquel lado, fue entonces cuando el querubín de lalito sentado en la banca, sin ponerse de pie, aún sorbeteando el helado, saco su grapera nueva, remozada, con un elástico de cámara de bicicleta que estaba de estreno (siempre invertía tiempo en mejorar sus armas), extrajo de su pantaloncillo también ajustado ochentero unas grapas de alambre y con una destreza esquizofrénica le lazó una grapa a Andrés en la pierna que tenía para su lado. Obviamente nuestro amigo y camarada tomó su bicicleta y se marchó a casa mal herido dejando una baja en el frente a esa altura sitiado y debilitado por el temor. Fue así como esperábamos una nueva afrenta del enemigo, quién sería el próximo pensábamos. No nos mirábamos, solo esperábamos que el helado rojo fuera lo suficientemente dulce como para relajar al cobarde artero. Pero no fue necesario ya que mientras cada uno de nosotros, pobres víctimas, ejecutábamos en silencio nuestras mejores plegarias, saliendo de la calle las margaritas, muy de chalitas, con traje veraniego, montado de patas abiertas sobre la bicicleta de Andrés, con su bigote inconfundible se aproximaba un furioso, y determinado padre, Don Victor.
Pedaleando con algo de dificultad en la pequeña bicicleta amarilla, llego a la banca donde estábamos, tiró la bici a un lado y preguntó casi adivinando con el sonsonete característico de su voz, ¿Quién es el Lalo? No fue necesario responder, el agrio Lalo Z con la bolsa de helado desinflada colgando de su boca, los ojos tiritando y nuestras mirandas dirigiéndose hacia él, no tuvo tiempo a reaccionar, quiso huir pero Don Victor lo tomo del pelo y mientras lo sacudía e increpaba tratándolo de abusador y cobarde, se quitó una de sus chalas y le dio un sonoro chalazo por la oreja izquierda, luego otra de vuelta por la oreja derecha, se acomodó para darle otra en el lomo, y una vez que lo mantuvo controlado lo soltó para darle una zurra continua de chalazos a discreción, para luego de un puntapié a uña pelada, dejarlo de patitas tras la banca.

Los chicos y yo algo sorprendidos porque no sabíamos si nuestro héroe seguiría repartiendo golpes, perdón chalazos, lo observamos pensando en que era muy probable que esa tarde no iríamos con el papá de Andrés a Totoralillo. Don Victor, el padre héroe bigotes de oro, se puso su chala, se subió a la bicicleta, y con su aire tan propio le dijo, Chi-qui-llo huueeónnnn...... y emprendió la retirada a casa. Lalo Z, acribillador de pájaros, torturador de infantes, el terror de la marraqueta pelada, nunca más se acerco a nosotros, esa tarde tomo su bici y con los chalasos aun calientes sobre su cuerpo se fue refunfuñando y chupando su helado o lo que quedaba de el. Esa tarde no fuimos a la playa, Andrés volvió a la plaza con una pelota, hicimos dos grupos y jugamos una pichanga. Yo me anoté con dos goles.
