lunes, 19 de diciembre de 2016

jueves, 23 de octubre de 2008

1993

lo que en el fondo
quiero
es que se muera.

para enterrarla en mí.
para ser su ataúd.
Para llevarla siempre
Dentro de mí.

Claudio Bertoni
Jóvenes Buenas Mozas

PARTE 3: “ITALIANITA”, LA CHICA DEL TRAJE DE COCA-COLA.

Es primavera, la radiante y fresca primavera nortina. Una suave brisa peina el discreto verdor que acompaña acá y allá mi largo y solitario camino a casa al regresar del colegio.
Pasando el puente que divide la ciudad en dos se puede ver el mar, azul, brillante, calmo, tan hermoso como la vida, tan profundo, basto y misterioso como las emociones que habitan bajo mi corbata azul, bajo mi camisa celeste, bajo mi piel aun suave y limpia, bajo la pelusa de mi bigote afeitado una semana atrás.
Después de almorzar me cambio ropa rápidamente para luego de abrochar mis zapatillas, echar un imprescindible miti-miti fresa-crema en mi bolsillo y tras pasar un desmedido chorro de perfume por mis orejas, salir rajando a la placita en busca de la italianita.
Al llegar a la placita me encuentro con el Angelito, que es un verdadero demonio. A él le debo gran parte de las zurras y terrores que pasamos en manos de algunos que administraron justicia a su modo producto de sus infinitas ocurrencias. El Angelito esta acompañado del Griego, sólo falta Andrés que siempre esta estudiando. ¡Ya! vamos por las zorras – dice Ángel, y sin demora nos dirigimos rápidamente a la casa oscura de la cata. Llegamos allá y las pesadas cortinas azules están cerradas, el ventanal medio abierto y la música de Bonnie Tyler que parece saltar, se alza y se baja, se alza y se baja. Pasamos unos minutos fuera y tras darnos cuenta que saben que estamos allí pero no salen a vernos, enviamos al Griego que nunca dice nada a que golpeé. El griego luego de pararse tras la puerta y golpear es raptado, tragado por misteriosos brazos angelicales a la casa oscura. Tras unos minutos es lanzado fuera desde el ventanal con las orejas rojas y el pelo revuelto. Me entero que la italianita no esta, le tocó quedarse en casa cuidando a su hermanito.
Siempre fue así, las tardes con la italianita siempre fueron con su hermanito, tenía que llevar a algún amiguito comprado con chicles, para poder estar con ella.
Me gustaba como miraba por sobre mi hombro con la nariz levantada para cerciorarse de que “el pochito” no nos estaba viendo. Adoraba sus pecas sobre la nariz, el tono blanco de su piel, su boca pequeña y rozada, y los besos con sabor a miti-miti fresa-crema. Nunca se lo dije claro esta, ya que esto era un juego, un divertido juego de besos y caricias exploratorias de niño y mis emociones eran aun algo confusas. Además, el juego lo jugábamos todos. “Todos-todos”. Podíamos cambiar de pareja y probar los besitos de las otras chiquillas, total eran tiernos besitos, con sabor a menta, chocolate, tuti-fruti, media hora, alka, etc., etc. Podríamos sin ningún inconveniente, haber dado muerte en masa con una exhibición de besos y cambiaditas a las viejitas de “Eccema Chile”.
Pero a pesar de jugar, de todos modos existía un orden en donde sabíamos cual chica era de quién (éramos unos huevones muy machistas), y respetábamos el curso natural en que las relaciones se daban. Fue bajo esta dinámica así tan “natural” de la cual la Italianita se aburrió y quiso formalizar. Yo me negué aduciendo de que así estábamos bien y que todo este embrollo de besitos y caricias era un juego secreto. Ningún chico pololeaba porque éramos muy niños y como niños no estábamos para andar por ahí como grandes. “Nuestros padres no lo tolerarían, no señor”- argumente. Pues bien esa me salió cara, porque una veraniega tarde en que regresaba del colegio, me tuve que ocultar tras los frondosos helechos que crecían a la sombra del jardín de mi casa al ver a mi linda italianita conversar animadamente con mi mamá respecto a nuestro idilio y la natural necesidad de formalizar nuestra relación permitiendo con la venia de ella mediante, como suegra reconocida in situ, nuestro pololeo a esa altura clandestino. Casi me cagué.
Después de la escena de esta chica que hacia lo que se le venía en gana, creo que termine por aceptar quién era el más pillo entre los dos y opte por dejarla ser, pero igual como machote de medio metro me permitía de vez en cuando manejar un poco la situación para darle algo de chispa al asunto.
Una tarde en que amenazó con terminar indefinidamente nuestro romance, no más besos fresa-crema ni nada, contraataque con que le contaría a su madre de que no sólo se besaba conmigo en nuestras jugarretas sino que también con mis amigos. Desesperada me pidió que no lo hiciera que era un chantajista y que se yo que más, y accedió para luego retractarse. Pero no va a ser tan fácil- agregue- le tendrás que dar un beso a todos mis amigos. Así fue como uno tras otro, cada pequeño rufián se puso a la fila para besar a la italianita. Todo iva bien hasta que luego de haber desaparecido un momento a comprar unas media hora, la fila de chicos había aumentado tanto que noté que la pobre chiquilla estaba tan confundida en medio de un montón de chicos desconocidos que la tuve que sacar de ahí no sin ganarme una escandalosa y acalorada discusión que me tomo algo mas de un par de días en componer.
No fui del todo correcto con la italianita, eso es muy cierto, pero la amé como se ama cuando se ama. Eso que no sabes que es pero que sin duda alguna está y le da sentido a todo.
Pero tal cual como todo en la vida un día incierto nos dejamos de ver. La niña de ese rápido andar se fue a vivir a otro lado de la ciudad. La seguí viendo un par de veces más, pero luego de batalladas idas en bicicleta cruzando el puerto, y tras un par de veces de no encontrarla y alguna que otra discusión que nunca falto a causa de nuestra apasionada inexperiencia y nuestra particular forma de ser, dejamos de vernos indefinidamente.
Algunos meses más después bajo una gris tarde de invierno en que nos divertíamos a risotadas con nuestros amigos tirados en el fragante pasto de la placita, casi como por magia, parada en la esquina de la calle los claveles, vestidita toda de blanco, con su melena castaño casi larga, su adorable piel blanca, sus deliciosas pecas sobre la nariz y su boca rosada, apareció mi querida italianita para iluminar la tarde y mi pequeño y silenciado corazón. La marce se va a Italia – me dijo al oído una amiguita que era alumna en su mismo colegio. No sé cuanto pude estirar esos segundos en que la italianita estuvo parada en la esquina observándome mientras al oído recibía la noticia de que ese preciso minuto, ese instante trémulo y final, pasaría a ser la última ves en que la volvería a ver, y quedaría esa imagen de ella para siempre grabada en mí.
La chica del traje de coca-cola, mi dulce italianita, esa tarde vestida de blanco, tal como apareció se fue huyendo despavorida hacia el fondo de la calle al encontrarse con quién salió a buscar y no espero encontrar tan repentinamente. Se fue tal ves confundida y sin decir adiós. Tal ves triste y sin dejar dirección.

lunes, 29 de septiembre de 2008

PARTE 2: LA CHICA DEL TRAJE DE COCA COLA.

Cuando era niño tenía la sensación de que mi niñez duraría mil años. No era que el tiempo corriese lento al ritmo de la provincia, sino que simplemente la maravilla de ver las cosas por primera vez, hacia que vivir cada día fuera una experiencia nueva, es esa capacidad de maravillarse frente a la vida lo que pierdes con los años y hace que por momentos cada día sea igual al anterior. Nuevo era el juego de tenis cuando aprendí a sacar un punto en el primer saque justo tras la línea de red y junto al borde externo de “la cancha” compuesta por los cuatro cuadros de la calle, o cuando pasábamos tardes enteras intentando andar en rana surf, o cuando nos sorprendíamos junto a mis amigos al ver como las flores rojas del frondoso arbusto que estaba justo al oriente de la plaza, se cerraba cuando tocabas sus estambres.

PARTE 2: LA CHICA DEL TRAJE DE COCA COLA.

A comienzos de los ochenta podía pasar la mañana viendo mazapán, y por la noche Sabor Latino. Era el tiempo de esa edad impropia en que pareces estar apto para nada, muy grande para ver mazapán y muy pequeño para ver Sabor Latino, lo cierto es que recuerdo con nostalgia, claridad y cariño tanto las canciones animadas con monitos y figuritas de mazapán, el tierno “Remolino de papel” de colores verde gris, con niñitos en ronda y todo, como al giro de Maripepa quién muy de mano a un disminuido y ajustado peto, dio la espalda a los telespectadores para con un pasito de baile en marcha, saludar con su redonda colita a todo el país.
Con mis amigos pasaba el mismo cuento, éramos los más pequeños de cuatro generaciones de niños y jóvenes, lo que hacia que diversas actividades fueran para nosotros excluyentes. A pesar de ello, uno de los chicos de la segunda generación de niños amigo de mi hermano mayor, cumplía quince años. Al encontrarse conmigo en la calle me pasó una invitación para su fiesta, pero para que se la entregará a mi hermano. Como gozaba de su simpatía me invito a mi también aun cuando no estaba incluido en la tarjeta, pero como siempre yo no andaba solo aquél día y tras los gritos e insistencias de mis amigos decidió invitar a todos.
Esa fiesta fue una de los mayores acontecimientos sociales de aquellos años en que las reuniones no estaban bien vistas. De este modo mis amigos y yo nos encontramos en la casa del quinceañero en un grupo tan grande como variado de chicos y chicas de distintas edades, impecables muy bien peinados, pinteados y perfumados. La recepción se efectuó en el patio de la casa que siempre sentí que era como estar en un gimnasio, con las baldosas rojas, el techo alto y ese aire siempre impecable e iluminado. En la boca de un pasillo que llevaba a unas oficinas justo en medio del patio de la casa, se ubicaba un señor con cara de aburrido quién con una mesa de colegio al frente y una pared de jabas de bebidas analcohólicas detrás tenía la tediosa tarea de destapar bebidas al pedido de cada chico o chica que se acercara a su mesa.
Frente a este señor cruzando al patio embaldosado hacia la casa en un comedor cerrado bajo cuatro llaves, aguardaba un banquete que aún se preparaba sobre unas mesas largas y anchas de manteles largos. Bandejas con rumas de trutros de pollo asado, pasteles dulces, pequeños sándwiches, papas fritas, quesos, aceitunas, salsas, todo tipo de suflés de esos que invadieron los ochenta para nunca más gozar de tanta popularidad, más un sinnúmero de cosillas deliciosas nos aguardaba. Que no se note pobreza era la consigna.
Mis amigos y yo tomábamos unas Fantas pegados a las ventanas del salón devorando con los ojos todo y cada uno de los manjares que repletaban las mesas, diseñábamos planes de ataque para acabar con todo aquello en especial las trutros de pollo asado. Mientras observábamos nuestro botín, el hermano menor del festejado aguó nuestras intenciones efectuando un ataque en solitario sobre la mesa, el cual fue repelido por tres gordas comadronas que lo tomaron del cinturón y los brazos, lo lanzaron fuera del salón, para luego organizar grupos que mantenían una férrea vigilancia sobre las mesas.
Conforme se fue realizando la fiesta mientras nuestras energías se centraban en hacer bandos para lanzarles cuescos de aceitunas a los comensales algo fue ocurriendo, uno de nuestros amigos se perdió del grupo, al notar su falta fui en su búsqueda con el temor de que este fuera presa de alguien que era lo que a él le solía suceder. Al pasar por la cocina me encontré con la figura inconfundible de sus orejas de radar, estaba “el pelaó” de pie apoyado en el marco de la puerta, me acerque en silencio lo tomé por la espalda y rodeándole firmemente el cuello con mi brazo, pregunté ¿Qué haces? Y estirando el labio inferior me apunto una chiquilla sobre la cual llegaba la luz que entraba por la ventana desde el patio. La chiquilla de una melena más bien larga, de pelo castaño claro, pecas varias sobre la nariz, cejas marcadas y piel rosada, vestía un coqueto traje blanco, de cuello polo y una faldita con algunos detalles de tela color rojo, con una insignia de coca-cola bordada en el bolsillo de la polera, era como una pequeñita e insipiente promotora detenida y solitaria allí en medio de una fiesta en que para todos era una niñita desconocida.
Recuerdo que como primera impresión me gustaron sus piernas, por aquel tiempo nuestras amiguitas vestían unos ridículos vestidos de niñita con cintitas y vuelitos, parecían lámparas de vieja con dos patas chuecas de tan flacas. Esta niñita era especial sin duda, no vestía como “niñita”, pero en fin tenía un montón de cuescos en el bolsillo y mis amigos corrían por el patio. Trate de arrastrar al pelaó a la acción pero nada paso, “déjame acá” arremetió resuelto contra mi insistencia. Esta bien - dije, le di un coscorrón en la cabeza y no volví a insistir.
Di unas vueltas con mis amigos y tras un rato de agotar a uno que otro invitado y recibir una que otra patada bien puesta, nos encontrábamos sentados sobre una mesa jadeantes y absortos observando al pelado que bailaba y conversaba animadamente con la chica del traje de coca-cola. No nos miraba, ni invitaba, a pesar de los cuescos que le aventábamos. Algo sucedió. Por primera vez en mucho tiempo estábamos sin expresión y en silencio observando a nuestro amigo que tenía algo que se negaba a compartir. Nosotros éramos uno, teníamos un pacto a fuego, no teníamos secretos ni excepciones con ninguno, podíamos ser crueles y no teníamos remordimientos hasta que se nos pasaba la mano y recibíamos un castigo en prenda. De algún modo nuestro amigo estaba dando un paso hacia un lugar en donde nosotros no éramos bienvenidos. Algo andaba mal y se debía solucionar.
Fue así como al correr unos pocos días, surgió el rumor de que el pelaó andaba con la chica del traje de Coca-cola. Fuimos en su búsqueda para aguarle la fiesta. Claro esta, y por su puesto dimos con él. En la plaza, en la banca de los enamorados estaba él, la italianita (la chica del traje de coca-cola) junto la bella Meiling y Tomás.
Nuestra intención era llegar ahí y hacer cualquier estupidez con tal de molestar al pobre pelaó, y así lo hicimos, pero junto con ello comencé a entender. Algo nuevo empezó a surgir para mí en medio de todas nuestras disparatadas burlas y no era un juego, aún cuando pretendiera que así debía parecer delante de mis amigos. Tras un par de segundos en que me detuve a observar los brillantes ojitos de la italianita, terminó por apropiarse de mí esa sensación, ese dejo de egoísmo, esa emoción que te transforma en un déspota, en un pequeño tirano, y comprendí entonces: “la chica del traje de coca-cola debía estar junto a mí”.
Continuará…

sábado, 2 de agosto de 2008

La plaza, la niña del traje de Coca-cola, Ovnis y superhéroes. Texto: Enzo Lobos, Ilustración: Mauricio Espinoza

Las plazas son de algún modo de la provincia. En la provincia tienen una cosa social, un sentido de propiedad, la extensión de las casas, la antesala o el patio de las mismas, son lugares que imitan la sensación de estar al lado de la parrilla con amigos dando opiniones.
El lugar en donde crecí en los ochenta era una pequeña villa, la Villa las Flores, con tan solo seis calles y su placita muy bien cuidada, que era como una isla alejada de la ciudad. Limitábamos hacia el Sur y el Este con algunas parcelas de escaso cultivo, hacia el Oeste un pequeño y hermoso conjunto de casas estilo americano con amplios jardines ninguno enrejado todo abierto y libre, a nuestros pies la entonces "nuestra playa" de La Herradura. Estábamos en esa aldea conectados al mundo tan sólo por el televisor, un mundo filtrado por cierto. El Festival de la Una, El Japenning con Ja, La maratón de Sábados Gigantes, Magnetoscopio Musical, Los Titanes del Ring, a moco tendido con Remi y Heidi, El Samurai Fugitivo, Jet Marte, etc., etc., la plaza era el lugar para hacer todo el resto de actividades que no hacíamos en casa.
En la placita, planté un árbol, jugué a la pelota con amigos y enemigos, di mi primer beso, vi un ovni, conocí la cara amable de las personas que te quieren y el lado duro de aquellos que por razones inencontrables e irreconciliables entregan su odio.
Parte 1: El Héroe.
Los héroes son cotidianos, eso lo descubrí en la placita. El matón de turno era "lalo Z", un chico tres o cuatro años mayor que yo, el disfrutaba torturando a todo ser que para él estuviera en desventaja. Del tierno "lalito" recibí un disparo de postón con un rifle de largo alcance en el muslo izquierdo a una distancia de unos 15 metros, distancia que aminoró el golpe y que gracias a Dios y a la maravilla de la genética de mis tiernos y duros muslos de infante (tenía 9 años), no permitieron que el postón entrara haciéndolo rebotar para luego quedar incrustado en la reja de madera en que me encontraba apoyado...tierno el Lalito, dulce.
Bueno el día del héroe, más bien la tarde del héroe, fue una calurosa tarde de Enero en que esperábamos sentados a la sombra que daba en la banca roja frente al pasaje los claveles, que algún papá en vacaciones y de buen corazón nos llevara a Andrés, Pato, fito, tito y yo, a la playa de Totoralillo, eran los ochenta los turistas eran escasos, por lo cual no era un problema llevar una manada de chicos a la playa. Junto a la brisa de la tarde llego Lalo Z, con sus ojos redondos, su riza de hiena, chupando un helado de bolsa, no se cómo pero siempre o chupaba un helado de bolsa o cargaba una marraqueta pelada debajo del ala y disfrutaba plenamente de ambas cosas. En fin, semilla de maldad se acercó sorbeteando su radioactivo helado rojo, su sola presencia corto nuestra conversación para dar comienzo a algún monólogo vacío, que ya a estas alturas no recuerdo. Se tomo un tiempo para estudiar a las víctimas que en ese momento nos encontrábamos sentados en la banca, y eligió a Andrés, quien sabe porque, tal vez las manchas de helado en su polera ajustada ochentera decían que tenía que talar por aquel lado, fue entonces cuando el querubín de lalito sentado en la banca, sin ponerse de pie, aún sorbeteando el helado, saco su grapera nueva, remozada, con un elástico de cámara de bicicleta que estaba de estreno (siempre invertía tiempo en mejorar sus armas), extrajo de su pantaloncillo también ajustado ochentero unas grapas de alambre y con una destreza esquizofrénica le lazó una grapa a Andrés en la pierna que tenía para su lado. Obviamente nuestro amigo y camarada tomó su bicicleta y se marchó a casa mal herido dejando una baja en el frente a esa altura sitiado y debilitado por el temor. Fue así como esperábamos una nueva afrenta del enemigo, quién sería el próximo pensábamos. No nos mirábamos, solo esperábamos que el helado rojo fuera lo suficientemente dulce como para relajar al cobarde artero. Pero no fue necesario ya que mientras cada uno de nosotros, pobres víctimas, ejecutábamos en silencio nuestras mejores plegarias, saliendo de la calle las margaritas, muy de chalitas, con traje veraniego, montado de patas abiertas sobre la bicicleta de Andrés, con su bigote inconfundible se aproximaba un furioso, y determinado padre, Don Victor.
Pedaleando con algo de dificultad en la pequeña bicicleta amarilla, llego a la banca donde estábamos, tiró la bici a un lado y preguntó casi adivinando con el sonsonete característico de su voz, ¿Quién es el Lalo? No fue necesario responder, el agrio Lalo Z con la bolsa de helado desinflada colgando de su boca, los ojos tiritando y nuestras mirandas dirigiéndose hacia él, no tuvo tiempo a reaccionar, quiso huir pero Don Victor lo tomo del pelo y mientras lo sacudía e increpaba tratándolo de abusador y cobarde, se quitó una de sus chalas y le dio un sonoro chalazo por la oreja izquierda, luego otra de vuelta por la oreja derecha, se acomodó para darle otra en el lomo, y una vez que lo mantuvo controlado lo soltó para darle una zurra continua de chalazos a discreción, para luego de un puntapié a uña pelada, dejarlo de patitas tras la banca.
Los chicos y yo algo sorprendidos porque no sabíamos si nuestro héroe seguiría repartiendo golpes, perdón chalazos, lo observamos pensando en que era muy probable que esa tarde no iríamos con el papá de Andrés a Totoralillo. Don Victor, el padre héroe bigotes de oro, se puso su chala, se subió a la bicicleta, y con su aire tan propio le dijo, Chi-qui-llo huueeónnnn...... y emprendió la retirada a casa. Lalo Z, acribillador de pájaros, torturador de infantes, el terror de la marraqueta pelada, nunca más se acerco a nosotros, esa tarde tomo su bici y con los chalasos aun calientes sobre su cuerpo se fue refunfuñando y chupando su helado o lo que quedaba de el. Esa tarde no fuimos a la playa, Andrés volvió a la plaza con una pelota, hicimos dos grupos y jugamos una pichanga. Yo me anoté con dos goles.